Retiro de Cuaresma. 1) Eleva tu alma a los bienes del Cielo.
- María con nosotros
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El encuentro de Jesús con Nicodemo
Juan 3, 1-7. 13-17
«Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él». Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios (…) Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo (…)
Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
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Textos para profundizar
El amor al silencio, la soledad y el recogimiento
Santa Teresa de Calcuta:
«Escucha en silencio, porque si tu corazón está lleno con otras cosas, no podrás oír la voz de Dios. Pero cuando has escuchado la voz de Dios en la quietud del corazón, tu corazón queda lleno de Dios» (Orar con Teresa de Calcuta, 54.6)
San Juan de la Cruz:
«Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma» (Dichos de luz y amor, 99).
Jesús me conoce y me ama de manera personal
Catecismo de la Iglesia Católica 478 y 616:
478. Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano.
616. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25)
Efesios 5, 1-2:
«Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor».
Elegir los bienes del Cielo, no los de la tierra
Colosenses 3, 1-5
«Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; 2 aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. 3 Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. 4 Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él. 5 En consecuencia, dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría».
San Juan de la Cruz:
«Míos son los cielos y mía la tierra; mías son las gentes, los justos son míos, y míos los pecadores; los ángeles son míos y la Madre de Dios es mía y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu Padre. Sal fuera, y gloríate en tu gloria; escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón» (Dichos de luz y amor 26. Oración alma enamorada).
Catecismo de la Iglesia Católica 1723:
1723. La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor.
El mal de los apetitos
San Juan de la Cruz:
«Y así, el que ama criatura, tan bajo queda como aquella criatura, y, en alguna manera, más bajo; porque el amor no sólo iguala, más aún sujeta al amante a lo que ama» (1 Subida 4,3).
San Juan de la Cruz:
«Claro está que los apetitos cansan y fatigan al alma, porque son como unos hijuelos inquietos y de mal contento, que siempre están diciendo a su madre uno y otro, y nunca se contentan (...) y cánsase y fatígase el alma que tiene apetitos; porque es como el enfermo de calentura, que no se halla bien hasta que se le quite la fiebre (...) Cánsase y fatígase el alma con sus apetitos, porque es herida y movida y turbada de ellos como el agua de los vientos, y de esa misma manera la alborotan, sin dejarla sosegar en un lugar ni en una cosa. Y de la tal alma dice Isaías: El corazón del malo es como el mar cuando hierve (...) Cánsase y fatígase el alma que desea cumplir sus apetitos, porque es como el que, teniendo hambre, abre la boca para hartarse de viento, y, en lugar de hartarse, se seca más; porque aquél no es su manjar» (1 Subida 6,6).
Contemplar al Señor y enamorarse de Él para vencer los apetitos
Salmo 33, 6:
«Contemplad al Señor, y quedaréis radiantes»
San Juan de la Cruz:
«Para vencer todos los apetitos y negar los gustos de todas las cosas, con cuyo amor y afición se suele inflamar la voluntad para gozar de ellos, era menester otra inflamación mayor de otro amor mejor, que es el de su Esposo, para que teniendo su gusto y fuerza en éste, tuviese valor y constancia para fácilmente negar todos los otros» (1 Subida 14, 2).
Santa Teresa de Jesús:
«No os pido ahora que penséis en El ni que saquéis muchos conceptos ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento; no os pido más de que le miréis. Pues ¿quién os quita volver los ojos del alma, aunque sea de presto si no podéis más, a este Señor? Pues podéis mirar cosas muy feas, ¿y no podréis mirar la cosa más hermosa que se puede imaginar? Pues nunca, hijas, quita vuestro Esposo los ojos de vosotras» (Camino de perfección 26, 3).


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