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Evangelio 14 julio 2023 (Mt 10,16-23) Padre David de Jesús. La persecución.

El Evangelio de hoy (Mt 10,16-23):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas.

Pero ¡cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles.

Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.

El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán.

Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra.

En verdad os digo que no terminaréis con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre».

Textos para profundizar:

Concilio Vaticano II. Lumen Gentium:

8§3. Así como Cristo realizó la obra de la redención en la pobreza y la persecución, también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación. Cristo Jesús, «a pesar de su condición divina..., se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo» (Flp 2,6) y por nosotros «se hizo pobre a pesar de ser rico» (2 Cor 8,9). También la Iglesia, aunque necesite recursos humanos para realizar su misión, sin embargo, no existe para buscar la gloria de este mundo, sino para predicar, también con su ejemplo, la humildad y la renuncia. Cristo fue enviado por el Padre «a anunciar la Buena Noticia a los pobres... a sanar a los de corazón destrozado» (Lc 4,18), «a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 9,10). Del mismo modo la Iglesia abraza con amor a todos los que sufren bajo el peso de la debilidad humana; más aún, descubre en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y sufriente, se preocupa de aliviar su miseria y busca servir a Cristo en ellos. Mientras que Cristo, «santo, inocente, sin mancha» (Heb 7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Cor 5,21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Heb 2,17), la Iglesia, en cambio, abrazando en su seno a pecadores, es santa y a la vez siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación.

8§4. La Iglesia continúa su peregrinación «en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios», anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Cor 11,26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo fielmente el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz. (Concilio Vaticano II. Lumen Gentium 8§3-4).



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