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Evangelio de hoy jueves 16 julio 2026. Ser la alegría de todos (Mt 11,28-30)

El Evangelio de hoy (Mt 11,28-30):

EN aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

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AQUÍ PUEDES ENCONTRAR LA ORACIÓN DE LA MAÑANA CON EL PADRE ALFREDO:

Pulsa el siguiente enlace:

Textos para profundizar:

Primera Lectura   Is 26,7-9.12.16-19

LA senda del justo es recta.

Tú allanas el sendero del justo;

en la senda de tus juicios, Señor, te esperamos

ansiando tu nombre y tu recuerdo.

Mi alma te ansía de noche,

mi espíritu en mi interior madruga por ti,

porque tus juicios son luz de la tierra,

y aprenden la justicia los habitantes del orbe.

Señor, tú nos darás la paz,

porque todas nuestras empresas

nos las realizas tú.

Señor, en la angustia acudieron a ti,

susurraban plegarias cuando los castigaste.

Como la embarazada cuando le llega el parto

se retuerce y grita de dolor,

así estábamos en tu presencia, Señor:

concebimos, nos retorcimos, dimos a luz… viento;

nada hicimos por salvar el país,

ni nacieron habitantes en el mundo.

¡Revivirán tus muertos,

resurgirán nuestros cadáveres,

despertarán jubilosos los que habitan en el polvo!

Pues rocío de luz es tu rocío,

que harás caer sobre la tierra de las sombras.

1028. A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando Él mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia “la visión beatífica”:

«¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el Señor tu Dios [...], gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad alcanzada» (San Cipriano de Cartago, Epistula 58,10).

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