Don de Piedad. Oración de la mañana. 22 de mayo.
- María con nosotros
- hace 9 horas
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¡La Paz del Señor, querida familia!
Os invitamos a prepararnos con todo el amor de nuestro corazón para recibir el Don del Espíritu Santo, en la Solemnidad ya próxima de Pentecostés.
Iremos pidiendo al Espíritu Santo, por intercesión de la Virgen María, cada uno de sus Siete Sagrados Dones.
En este día pedimos el Don de Piedad.
Debajo del vídeo podéis encontrar los textos con las oraciones de este día
Oración Inicial
OH, Padre,
tu Hijo, al subir a los cielos,
prometió el Espíritu Santo a los apóstoles;
te pedimos que así como ellos fueron colmados con su presencia,
nos concedas también a nosotros,
por intercesión de la Virgen María,
recibir sobreabundantemente sus siete sagrados dones.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Jesús, en este día te suplico de manera especial el don de piedad.
Humildemente te suplico que con este don ame entrañablemente al Padre Celestial, porque es el más bueno de los padres, le sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.
¡Ven, Espíritu Santo, y cólmame con tu Don de Piedad!
Repetimos: ¡Ven, Espíritu Santo, y cólmame con tu Don de Piedad!
Secuencia de Pentecostés
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.
Catequesis de San Juan Pablo II sobre los dones del Espíritu Santo
Catequesis sobre el Don de Piedad
Domingo 28 de mayo de 1989
Queridísimos hermanos y hermanas:
1. La reflexión sobre los dones del Espíritu Santo nos lleva hoy, a hablar de otro insigne don: la piedad. Mediante éste, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos.
La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vacío que las cosas terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda, perdón. El don de la piedad orienta y alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para con Dios, experimentado como Padre providente y bueno. En este sentido escribía San Pablo: "Envió Dios a su Hijo,... para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo..." (Ga 4, 4-7; cf. Rm 8, 15).
2. La ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre. Con el don de la piedad el Espíritu infunde en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos, haciendo su corazón de alguna manera participe de la misma mansedumbre del Corazón de Cristo. El cristiano "piadoso" siempre sabe ver en los demás a hijos del mismo Padre, llamados a formar parte de la familia de Dios, que es la Iglesia. Por esto él se siente impulsado a tratarlos con la solicitud y la amabilidad propias de una genuina relación fraterna.
El don de la piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón. Dicho don está, por tanto, a la raíz de aquella nueva comunidad humana, que se fundamenta en la civilización del amor.
3. Invoquemos del Espíritu Santo una renovada efusión de este don, confiando nuestra súplica a la intercesión de María modelo sublime de ferviente oración y de dulzura materna. Ella, a quien la Iglesia en las Letanías lauretanas saluda como Vas insignae devotionis, nos enseñe a adorar a Dios "en espíritu y en verdad" (Jn 4, 23) y a abrirnos, con corazón manso y acogedor, a cuantos son sus hijos y, por tanto, nuestros hermanos. Se lo pedimos con las palabras de la "Salve Regina": "¡...O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria!".
Oración suplicando el Don de Piedad
Ven, Espíritu Santo, inflama mi corazón y enciende en él el fuego de tu Amor. Dígnate escuchar mis súplicas, y envía sobre mí tus dones, como los enviaste sobre los Apóstoles el día de Pentecostés.
Espíritu de bondad, te ruego me llenes del don de piedad, para practicar con todos la justicia; dando a cada uno lo suyo: a Dios con gratitud y obediencia, a los hombres con generosidad y amabilidad.
Promesa del Padre celestial, enviado del Hijo, formador de Jesucristo en las entrañas de la Virgen María: envíanos el don de piedad que nos haga conocer y amar a Dios como a Padre, y servirle con espíritu filial.
¡Ven, Espíritu Santo, y cólmame con tu Don de Piedad!
Repetimos: ¡Ven, Espíritu Santo, y cólmame con tu Don de Piedad!
Preces
Dios Padre, a quien pertenece el honor y la gloria por los siglos, nos conceda que, con la fuerza del Espíritu Santo, desbordemos de esperanza. Digámosle:
Ven, Señor, en nuestra ayuda y sálvanos
- Padre todopoderoso, envíanos tu Espíritu que interceda por nosotros,
porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene.
- Envíanos tu Espíritu, luz esplendorosa,
y haz que penetre hasta lo más intimo de nuestro ser.
- No nos abandones, Señor, en el abismo en que nos sumerge nuestro pecado,
porque somos obra de tus manos.
- Concédenos comprensión para acoger a los débiles y frágiles en la fe,
no con impaciencia y de mala gana, sino con autentica caridad.
Se pueden añadir algunas intenciones libres.
Oración final
Oh Espíritu Santo, Dios eterno,
consolador de las almas, fortaleza de los espíritus,
luz de las inteligencias, amor de nuestros corazones,
acepta estos humildes obsequios
que practicamos en honor y gloria tuyos.
Espíritu Santo, lléname, sobre todo, de tu Santo Amor.
Que ese Amor sea el móvil de toda mi vida espiritual.
Que, lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender,
al menos con mi ejemplo,
la sublimidad de tu doctrina,
la bondad de tus preceptos,
la dulzura de tu caridad. Amén.




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