7ª Meditación: ¡Vive radiante con Jesús Resucitado! Ejercicios Espirituales 2026.
- María con nosotros
- hace 3 horas
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La Paz del Señor, querida familia.
Con gran alegría os compartimos esta séptima meditación de nuestros Ejercicios Espirituales.
Un fuerte abrazo para todos y cada uno.
Padre Alfredo de la Cruz y de María
Padre David de Jesús
1. El encuentro con el Resucitado nos llena de alegría
Juan 20, 11-18
«Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro 12 y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. 13 Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». 14 Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. 15 Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». 16 Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!». 17 Jesús le dice: «No me retengas(T), que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”». 18 María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».
San Ignacio de Loyola: Ejercicios Espirituales
221. «Pedir lo que quiero; será aquí pedir gracia para alegrarme y gozarme intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor».
233. «Pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que reconociéndolo yo enteramente, pueda en todo amar y servir a su divina majestad».
234. «Traer a la memoria los beneficios recibidos de creación, redención y dones particulares, ponderando con mucho afecto cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí, y cuánto me ha dado de lo que tiene, y, como consecuencia, cómo el mismo Señor desea dárseme en cuanto puede, según su ordenación divina; y después reflexionar en mi interior, considerando lo que yo con mucha razón y justicia debo de mi parte ofrecer y dar a su divina majestad, es a saber, todas mis cosas y a mí mismo con ellas, como quien ofrece con mucho afecto:
“Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que ésta me basta”».
2. Vivir de verdad con Él
Juan 21, 1-14
«Después de esto Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: 2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. 3 Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. 4 Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 5 Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». 6 Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. 7 Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. 8 Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. 9 Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. 10 Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». 11 Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. 12 Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. 13 Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. 14 Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos».
1) Vivir el encuentro con Jesús Resucitado
Padre Mendizábal: Vivir de veras con Cristo vivo
«Tenemos que tratar a Jesucristo como persona viva que es. Jesucristo es una persona viva. Jesucristo y el Corazón de Jesús es el mismo Jesucristo que caminó por los caminos de Galilea, que nació en Belén, que trabajó escondidamente en Nazaret, que colgó en la cruz en el Calvario. Es el mismo Jesucristo resucitado vivo de Corazón palpitante que te ama ahora, que vive contigo. Por eso hay que tratarle como persona viva que es, contando con Él, recurriendo a Él. Eso es vivir la vida cristiana».
2) La Santa Misa, alimento del alma
Catecismo de la Iglesia Católica 1382
«La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros».
Catecismo de la Iglesia Católica 1384
«El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros" (Jn 6,53)».
3) La Adoración Eucarística
San Juan Pablo II: Ecclesia de Eucharistia 25
«Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (Jn 13,25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el “arte de la oración”, ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!».
3. Vivir enamorados de Jesús: «¿Me amas?»
Juan 21, 15-19
«Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». 16 Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». 17 Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. 18 En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». 19 Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».
Padre Mendizábal: Vivir de veras con Cristo vivo
«Dice san Juan de la Cruz que «al atardecer de nuestra vida seremos examinados en el amor». [...] Y a ti Jesucristo te llama ahora como a Pedro en el fin del evangelio de san Juan y te pregunta por tu nombre: ¿Me quieres tú más que estos? Tú no te atreves a compararte y le dices: Señor, tú sabes que yo te quiero, tú sabes; yo no lo sé, no lo sé, pero tú sabes que yo te quiero. Y Él te dice: Cuida mis ovejas, sé pastor de mi rebaño, con corazón de buen pastor. Y por segunda vez, mirándote con mucho amor te vuelve a repetir: ¿Me quieres? Y tú le dices: Señor, hay veces que me es todo tan oscuro que no sé ni siquiera si te amo; pero no importa que yo no lo sepa, basta que lo sepas tú. Señor, a pesar de toda la negrura de mi vida, tú sabes que te quiero amar, tú lo sabes. [...] Y El te dice: cuida mis almas, cuida mis ovejas. [...] Te confío mis pobres, te confío mis personas abandonadas, trabajadas por la enfermedad, por la desgracia...
Por fin, mirándote con infinito amor, llamándote por tu nombre te pregunta: pero ¿me quieres de veras? Y tú le dices: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes todo lo que ha sido mi vida hasta ahora. Tú lo sabes todo, tú sabes que yo te quiero. Y te dice: Cuida mis almas, cuida. Dedícate, ofrece tu vida por ellas (...) Cuídalas con mis criterios, no con los tuyos. Cuídalas como mi tesoro precioso, que te confío a ti poniendo en tus manos lo que más quiero».





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